Cuando Sergio nos comentó por primera vez la idea de crear un blog donde pudiéramos hablar de todo lo que nos ocurría relacionado con la educación, se me vino a la cabeza este tema. Las autolesiones son un asunto complejo de tratar; no obstante, considero que es realmente necesario conocer más acerca de ello.
Desde principio de curso, voy al voluntariado que propuso el Colegio de las Irlandesas (Madrid), y fue allí donde un día coincidí con una alumna de primero de la ESO. Ella llevaba manga corta y claramente se observaban las marcas que tenía a lo largo de los brazos. Esos cortes me impactaron mucho, y no podía evitar pensar cómo una niña de aproximadamente 13 años podía autolesionarse. Desgraciadamente, según el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar (2025), el 34,7 % de los jóvenes españoles declara haberse autolesionado alguna vez; de estos, el 16,5 % lo hace con frecuencia.
Tras experimentar esta situación, no pude apartar ese pensamiento de mi cabeza, y solo la idea de que esta situación podría darse de manera frecuente en nuestra futura práctica docente me atormentaba. Considero que cabe recalcar que los educadores no somos terapeutas, pero sí podemos ser esas personas “faro” que alumbremos el camino y hagamos el proceso un poco más fácil a los alumnos que, desgraciadamente, están pasando por un mal momento.
Según lo que he leído sobre el tema, debemos evitar a toda costa emitir juicios que puedan empeorar la situación del alumno. Si el alumno percibe que le estamos juzgando, podría cerrarse, sin darnos la oportunidad de que nos cuente lo que le está ocurriendo. Según la Organización Mundial de la Salud, ante conductas de autolesión es necesario ofrecer una respuesta basada en la empatía y la escucha activa.
Es importante señalar que, en lo concerniente al ámbito educativo, el papel del docente y de la escuela puede ser fundamental. El profesor, tras ver señales de autolesión, debe seguir el protocolo del centro y derivar el caso al equipo de orientación. Una de las funciones que deberíamos desempeñar es la detección temprana de este tipo de conductas, ya que, en numerosas ocasiones, los adolescentes no buscan ayuda por miedo a no ser comprendidos o a ser juzgados.
Por otro lado, bajo mi punto de vista, creo que no se dedica el suficiente tiempo a promover el cuidado de la salud mental. Personalmente, en mi etapa escolar nunca he tenido alguna sesión centrada en cómo manejar el estrés, situaciones que causen dolor, la ira (muy común entre los adolescentes), cómo controlar las emociones, etc. Creo que estos temas son muy útiles para la vida, pero más que útiles, son necesarios para saber manejar los retos que se nos plantea en esta. Cuando sea docente, una de mis prioridades será tratar este tipo de cuestiones.
Al final, ser docente también implica aprender a mirar más allá de lo evidente. No siempre vamos a tener las respuestas correctas ni sabremos exactamente cómo actuar, pero pequeños gestos como mostrar interés, escuchar sin juzgar o simplemente estar presentes pueden marcar una gran diferencia. Aunque no solventemos todos los problemas del alumno, podemos actuar como ese punto de apoyo que le ayude a sentirse un poco menos solo. Y, en muchos casos, eso ya es un primer paso muy importante.
En definitiva, tratar estos temas tan delicados requiere formación por parte de los educadores y, sobre todo, humanidad. A veces no tendremos las respuestas correctas, pero el simple hecho de estar presentes, de observar y de mostrar disponibilidad ya es, en sí mismo, un acto de gran valor para nuestros alumnos.
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